Kelly Shen: Abogada de mi propia historia

Octubre 2026

Abogada de mi propia historia

Kelly Shen

Cuando el esfuerzo se convierte en trinchera.

Kelly Shen con traje negro
Kelly Nucete · Kelly Shen

Hay momentos en la vida en los que el suelo desaparece bajo tus pies y solo te quedan dos opciones: ponerte a llorar o vender los pañuelos, así tengas que descocer tu propio vestido para usar la tela, todo lo necesario para crear un camino nuevo.

Cuando me separé, me tocó lo segundo. Empezar de cero implicó mudarme de ciudad, aceptar un trabajo donde el sueldo apenas rozaba la supervivencia y recurrir a lo único que siempre ha estado conmigo: mi voz. Cantar en sitios nocturnos se convirtió en mi segunda jornada, un oficio de luces artificiales y madrugadas largas para poder pagar las cuentas y sostener el día a día, mientras mis hijos pequeños quedaban al cuidado de su padre. En medio de ese torbellino, tomé una decisión que parecía una locura: estudiar Derecho.

Pero el reto no era solo académico; era cruzar un campo de minas diario. Estudiar en Venezuela durante esos años significó enfrentarse a un país fracturado. La crisis económica, los apagones nacionales, la escasez crónica, las protestas, el colapso absoluto del transporte público y la falta de efectivo se volvieron mis compañeros de ruta. Más de una vez tuve que subir y bajar tramos enteros a pie bajo el sol, con el estómago vacío y sin el dinero ni siquiera para comprar las hojas de un examen. Me levantaba de madrugada para alcanzar un autobús que muchas veces nunca pasaba, o terminaba llegando tarde porque el país entero parecía detenido por la falta de gasolina.

El entorno pesaba como plomo. Trabajar y estudiar sin que el dinero alcanzara jamás generaba un desgaste físico y mental brutal. Sin embargo, si logré mantenerme de pie fue gracias a un pacto invisible de amor y cordura: el padre de mis hijos me apoyó cuidándolos y cubriendo sus gastos mientras yo batallaba en las aulas. Y es que en mi mente resonaba una sola certeza como un mantra inquebrantable: "Debo continuar, debo avanzar, debo sacar mis estudios. Esto es la garantía para la educación futura de mis hijos". Su padre no tenía una formación profesional, pero yo sabía que debía prepararme. Pensaba en el día de mañana, en el momento en que ellos necesitaran guía y respaldo, y me preguntaba: ¿cómo iba a ayudarlos si no me esforzaba ahora que tenía la oportunidad?

Los obstáculos venían de todas partes. Profesores convertidos en muros infranqueables, aulas hostiles donde la empatía brillaba por su ausencia, y para rematar, la llegada de la COVID-19, que terminó de tensionar una realidad ya de por sí asfixiante. A pesar de todo, con el apoyo invaluable de buenos amigos y de mi pareja de entonces, llegué al noveno semestre. Renunciar a un año de la meta era traicionar todo el sufrimiento acumulado.

El colofón de la carrera fue una prueba de fuego digna de una novela de suspense. El último día, la última materia, tras dos noches sin dormir de largo —porque acostarse significaba arriesgarse a no despertar a tiempo—, nos enfrentamos a un examen oral por video-llamada. Nadie conocía la modalidad: una sola pregunta de una guía interminable de cincuenta páginas por ambas caras, con un valor absoluto de 20 puntos. O pasabas, o raspabas sin contemplación.

Cuando el profesor pronunció mi nombre, yo estaba empapada en sudor frío hasta el cuero cabelludo. Me hizo la pregunta. Por dentro, un relámpago de alivio recorrió mi pecho: me la sabía. Respondí con la seguridad de quien ha sudado cada letra, y el profesor sentenció: "Listo, pasaste, felicidades, abogada".

Me quedé en silencio. Apagué la cámara y el micrófono, el mundo entero se congeló y dije en un susurro: "Dios mío, lo logré". Tenía 40 años, una mujer hecha a golpes de disciplina y fe, convirtiéndome en abogada de la República Bolivariana de Venezuela con todas de la ley. Mi hija mayor, que estaba en la sala, me miró y me dijo con admiración: "¡Guau, sí que te pasaste!".

Lo que vino después fue un duelo estudiantil silencioso. Durante meses sentí un vacío en el pecho, la extraña sensación de haber bajado de una montaña rusa demasiado empinada. Pero cada trasnoche, cada fin de semana robado a la familia y cada madruga sin descanso valió la pena.

Estudié por muchas razones, pero sobre todo para el día en que alguien le pregunte a mis hijos "¿Quién es tu madre?", ellos puedan responder con el orgullo intacto y sin una sola sombra de duda: "Mi madre es abogada y escritora". A todas las mujeres que hoy sienten que cargan con el mundo a sus espaldas: no renuncien. El esfuerzo duele, pero la cima, cuando la conquistamos con sangre, sudor y lágrimas, la victoria es más satisfactoria.