Entras a la sala de juntas, eres la única mujer, o una de dos, y una voz interna te dice que en cualquier momento alguien va a notar que no perteneces ahí. Eso tiene nombre: síndrome de la impostora. Y no es un defecto de personalidad. Es, en gran parte, una respuesta lógica a estar subrepresentada.
Por qué se agudiza en espacios de poder
El síndrome de la impostora aparece con más fuerza cuando eres de las pocas personas de tu género en la sala. No es casualidad: cuando no ves a nadie como tú ocupando ese lugar antes, tu mente interpreta la falta de referentes como evidencia de que no perteneces, en vez de evidencia de que el sistema tardó en abrir la puerta.
El reframe que ayuda
No es que tú no encajas en la sala. Es que la sala fue diseñada, durante décadas, sin pensar en que tú ibas a estar ahí. Esa distinción, entre un problema tuyo y un problema estructural, no resuelve el nervio, pero cambia lo que haces con él.
Preparación como antídoto
La confianza situacional se construye, no se siente por decreto. Antes de una reunión importante, prepárate con los tres datos o puntos que definitivamente vas a aportar, y ten claro cuál es tu objetivo concreto en esa sala. No necesitas sentirte segura para actuar con seguridad: la preparación hace ese trabajo por ti.
Encuentra a tu aliada en la sala
Si hay otra mujer en la reunión, una mirada de reconocimiento, un comentario que refuerce lo que ella dijo, puede cambiar la dinámica de poder de toda la conversación. No estás compitiendo por el único lugar disponible. Estás construyendo el segundo, el tercero, el décimo.
En Muza nunca entras sola a la sala. Únete a la lista de espera.
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